La vida adulta cercana a los 40 tiene un ritmo extraño.

Escrito por Querine El: 9 abril 2026 , categoria Artículos, Visto 12 veces

La vida adulta cercana a los 40 tiene un ritmo extraño. Entre la semana y las responsabilidades, la pasión a veces se queda en un tercer plano. Pero nosotros tenemos un código, un interruptor que resetea el contador de la semana a cero. El sábado me levanté divertido, con esa energía que te da saber que el tiempo te pertenece.
​Ella aún dormía. Aproveché para correr mis 12 kilómetros de rigor y, al volver, con el cuerpo encendido por el esfuerzo, la desperté dulcemente. Preparé el desayuno: café recién hecho, tostada con huevo y aguacate. La luz de primavera entraba por la ventana y ella estaba ahí, frente a mí, con esa belleza natural de pelo castaño y un pijama holgado que solo yo sé qué curvas esconde.
​Cuando terminamos, dejé la taza y marqué el inicio del ritual:
—»A partir de ahora y durante cuatro horas, vas a hacer todo lo que yo ordene, sin rechistar y sin oponer resistencia. Si lo has entendido, asiente.»
​Ese gesto silencioso la liberó de toda presión: ya no tenía que decidir nada, solo obedecer. Estaba en mis manos.
​Lo primero fue ordenarle que se desnudara. Quería ver lo que ese pijama ocultaba: su piel cuidada, sus pechos firmes y esa figura que el yoga ha esculpido con paciencia. Una vez desnuda, la hice arrodillarse junto a la mesa. Tenía una tarea: limpiar la cocina y recogerlo todo mientras yo me duchaba.
​—»Si termino antes de que hayas acabado, el castigo será el tercero del código: ordenar la despensa por orden alfabético. Y por cada error, diez azotes.»
​Vi el destello de excitación y miedo en sus ojos — ese instante en que sé que está calculando si puede, si quiere, y eligiendo que sí. Intentó pedir permiso para empezar, interrumpiéndome. Le agarré la cara con firmeza, obligándola a mirarme; le ordené ponerse de pie y le di un azote seco que resonó en toda la estancia. Se volvió a arrodillar en silencio. Le recordé que hablar sin consentimiento tiene consecuencias y le di la instrucción final: debía esperarme en el baño, de rodillas, con mi toalla doblada sobre su cabeza.
​Me fui a la ducha, pero me detuve un segundo a observarla: mi esclava, desnuda, moviéndose con urgencia para cumplir mi mandato. Me tomé mi tiempo bajo el agua caliente, dejando que los músculos se relajaran tras la carrera. Para mi sorpresa, escuché la puerta y el roce de sus rodillas contra el suelo.
​—»¿Ya? ¿Tan rápido?» —pregunté desde el vapor.
—»Sí, Amo. Está todo hecho. Aquí tienes tu toalla.»
​Había sido eficiente, así que decidí integrarla en mi ritual. Le ordené entrar conmigo. Ver su cara de excitación bajo el agua, su cuerpo empapándose mientras me masajeaba con devoción, me puso a mil. Sus manos recorrieron mi anatomía de deportista con una mezcla de servicio y deseo. Cuando bajó a mi sexo, su técnica me dejó sin aliento, pero la detuve.
​—»Enjuágame. Como a mí me gusta.»
​Me limpió con una meticulosidad absoluta. Y cuando estuve impecable, llegó el momento que ambos ansiábamos. Le ordené arrodillarse bajo el chorro de agua. Al principio fue una exploración lenta, saboreando el contraste entre el agua caliente y la humedad de su boca. Poco a poco, la succión se volvió más profunda, rítmica, usando su garganta para envolverme por completo.
​Me apasiona ver cómo se lo toma todo y sigue trabajando, arriba y abajo, sin separar los labios ni un segundo. El vapor, el sonido del agua y su entrega total crearon el clima perfecto. La intensidad subió; ella no se inmutó, simplemente se entregó a la tarea de vaciarme. En el momento del clímax, apagué el agua y la obligué a mantener la boca bien abierta mientras yo descargaba sobre ella. Mi rastro se mezclaba con su saliva y el agua caliente, resbalando por su barbilla, su pecho, su vientre. La marqué entera. Eso era lo que quería ver.

​Al salir, todavía mojados, le ordené que primero me secara a mí. Me quedé observando cómo mis restos aún brillaban sobre su piel mojada, una marca visual de mi propiedad que no se terminaba de borrar. Una vez estuve listo, le ordené que ahora sí podía asearse ella. Fui al dormitorio. Abrí el cajón. Ella aún no sabía lo que le esperaba — y esa ignorancia era parte del juego.



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