Susurros en la penumbra…El aire de la madrugada aún conservaba el

Escrito por Solnocturno El: 3 marzo 2026 , categoria Artículos, Visto 21 veces

Susurros en la penumbra…
El aire de la madrugada aún conservaba el frescor de la noche cuando un servidor (Solnocturno) se deslizó entre las sombras del portal, sus pasos amortiguados por el silencio que solo los amantes clandestinos conocen.

La ciudad dormía, pero él estaba más despierto que nunca, con el corazón acelerado por la anticipación. Dama_discreta le había dado las indicaciones con voz temblorosa esa misma tarde: «El tercer piso. La puerta del fondo. No hagas ruido.» Y él, fiel a su naturaleza, no tenía intención de fallar.

El edificio olía a madera vieja y a jabón, el tipo de aroma que se pega a las paredes de los pisos familiares. Las escaleras crujían bajo sus pies, pero él las subía con la precisión de un felino, esquivando los peldaños más traicioneros. Al llegar al segundo rellano, contuvo la respiración.

Desde el piso de abajo se escuchaba el sonido de otra persona y el sonido de una televisión encendida a volumen bajo. Un riesgo delicioso. Con un movimiento fluido, sacó el móvil y le envió un mensaje: «Ya estoy aquí. No digas nada.» La respuesta fue casi instantánea, un simple «Espera», seguido de un emoji de labios sellados.

La puerta del tercer piso estaba entreabierta, como si ella hubiera calculado hasta el último detalle. Al cruzar el umbral, el olor cambió: ahora era vainilla y algo más íntimo, ese perfume dulce y salado que solo el cuerpo de una mujer excitada desprende. La habitación de Dama_discreta estaba al final de una larga escalera, cruzando una azotea vestida solo por el rocío de la madrugada y la luz de luna de esa noche.

Cogí el pomo de la puerta y la abrí, ansioso de ver la dama celosa de su excitación y morbo que me esperaba. La habitación estaba iluminada solo por la tenue luz de una lámpara de sal que proyectaba destellos anaranjados sobre las paredes. Y allí estaba ella….
…Semidesnuda.

La lencería negra, casi transparente, se aferraba a sus curvas como una segunda piel, resaltando el contorno de sus bonitos pechos redondos y un leve vello oscuro y bien cuidado que asomaba entre las bragas de encaje. Las medias de rejilla se enredaban en sus muslos, terminando en unas ligas que le mordían la piel con elegancia.

Pero lo que realmente lo dejó sin aliento fue la venda de seda negra que le cubría los ojos, anudada con esmero detrás de su cabeza. Sus labios, pintados de un rojo oscuro, temblaban ligeramente, y sus manos, apoyadas en el borde de la cama, se crispaban sobre las sábanas como si intentaran aferrarse a algo que aún no podía tocar.

Solnocturno cerró la puerta sin hacer ruido, dejando que el silencio entre ellos se espesara. Podía ver cómo el pecho de ella subía y bajaba con respiraciones entrecortadas, cómo sus pezones, duros como piedras bajo la tela, se marcaban con cada inhalación. Se acercó, despacio, hasta que el calor de su cuerpo casi rozó el de ella. No dijo nada. No tenía que hacerlo.

Cuando sus labios se encontraron, fue como si el mundo entero se detuviera. Ella jadeó contra su boca, sorprendida pero ávida, y él aprovechó para profundizar el beso, su lengua deslizándose entre los labios de ella con una lentitud tortuosa. Sus manos, mientras tanto, exploraban: los hombros desnudos, la espalda arqueada, el contorno de sus caderas. Ella gemía en voz baja, un sonido ahogado que vibraba contra su boca, y sus dedos se enredaron en el cabello de él, tirando con una urgencia que delataba cuánto había estado esperando este momento.

—Me encantas —murmuró él contra sus labios, su voz ronca, cargada de lujuria—. No sabes lo que me haces.

Ella no respondió con palabras. En lugar de eso, inclinó la cabeza hacia atrás, ofreciéndole el cuello, y él no pudo resistirse: sus labios trazaron una línea de besos húmedos desde la mandíbula hasta el lóbulo de su oreja, donde depositó un mordisco suave que la hizo estremecer.

—Mmmm… —susurró ella, y el «por favor» sonó más como una orden que como una súplica.

Solnocturno no necesitaba que se lo pidieran dos veces.

Con un movimiento fluido, la empujó suavemente hasta que ella cayó sobre la cama, apoyada en los codos. Se arrodilló frente a ella, sus manos deslizándose por el interior de sus muslos, separándolos con una firmeza que no admitía resistencia. El aroma de su excitación lo envolvió, intenso y embriagador. Sin prisa, como si tuviera toda la noche por delante, acercó su boca a ese calor húmedo que lo llamaba.

El primer contacto de su lengua contra el clítoris hinchado de ella arrancó un gemido gutural de sus labios.

—¡Mmm ahhh! —Ella se arqueó, sus dedos enterrándose en el colchón, pero él no se detuvo. Lamió, chupó, trazó círculos lentos y deliberados alrededor de ese botón sensible, saboreando cada estremecimiento, cada jadeo entrecortado que escapaba de su garganta. Sus dedos, mientras tanto, se deslizaron bajo la tela de las bragas, encontrando su entrada resbaladiza y penetrándola con dos dedos sin aviso.

—¡Sigue, más rápido! —gritó ella, su voz quebrándose, pero él solo respondió con un gruñido de satisfacción, curvando los dedos dentro de ella para rozar ese punto que sabía la volvería loca.

—Cállate, cariño —le ordenó, su voz vibrando contra su coño—. No quieres que te oigan, ¿verdad?

Ella negó con la cabeza, mordiéndose el labio inferior con tanta fuerza que casi lo hizo sangrar. Pero no podía callarse. No cuando esa enorme lengua, estirándola, llenándola rozaba y azotaba su clítoris con una precisión implacable.

—Vas a correrte en mi boca —le advirtió, y el sonido de sus palabras, húmedas y sucias, fue el detonante.

El orgasmo la golpeó como una ola, sacudiendo su cuerpo, haciendo que sus muslos temblaran alrededor de su cabeza. Él no se detuvo, bebiendo cada espasmo, cada contracción de su coño alrededor de sus dedos, hasta que ella, jadeante, lo empujó con debilidad.

—Ufff me encanta… —gimió, pero su voz sonó más como una rendición que como una queja.

Solnocturno se levantó, pero solo para alcanzar la mesita. Cogio dos pinzas de presión de metal, frías y brillantes. Sin decir una palabra, las acercó a sus pezones, ya duros y sensibles, y las colocó con cuidado, ajustando la presión hasta que ella siseó, su espalda arqueándose fuera de la cama.

—¡Joder, joder, joder! —maldecía entre dientes, pero no lo apartó. Al contrario, sus manos buscaron las de él, apretándolas como si eso pudiera anclarla a la realidad mientras una nueva ola de placer-dolor la recorría.

—No te muevas —le ordenó él, y ella obedeció, aunque cada respiración hacía que las pinzas tiraran de sus pezones, enviando descargas eléctricas directas a su clítoris.

Él no había terminado.

Se colocó entre sus piernas de nuevo, pero esta vez su objetivo no era su coño. Sus dedos, lubricados con la humedad de ella, trazaron un camino hacia atrás, hasta ese pequeño y apretado agujero que anhelaba ser tocado con tanta atención. Ella se tensó cuando sintió su lengua allí, lamiendo con suavidad, preparándola.

—¿Seguro…? —preguntó, su voz temblorosa.

—Shhh —fue todo lo que él dijo antes de presionar la punta de su dedo contra su ano. Ella contuvo la respiración, pero cuando él comenzó a masajear, aplicando una presión constante pero gentil, un gemido largo y bajo escapó de sus labios.

—Dios… —susurró, y él sonrió contra su piel.

—Solo relájate —murmuró, y entonces, sin previo aviso, empujó su dedo dentro, hasta el nudillo.

—¡Ah! —Ella se retorció, pero él la sujetó con firmeza por la cadera, manteniéndola en su lugar mientras su dedo se movía dentro de ella, estirándola, preparándola. Con la otra mano, alcanzó el plug anal que había dejado preparado en la mesita: pequeño, de color plateado, con una base ancha para que no se perdiera dentro de ella.

—Tranquila iré poco a poco —advirtió, pero antes de que ella pudiera responder, ya estaba presionando la punta del plug contra su entrada, empujando con una lentitud tortuosa.

—¡Mmmm.. mmmm! —Ella jadeaba, sus manos agarrando las sábanas con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron. Pero cuando el plug estuvo completamente dentro, cuando sintió esa presión llena y extraña, un gemido largo y roto escapó de su garganta—.

Sol nocturno, continuó lamiendo y masturbando a Dama_discreta, con atención, su lengua parecía la de un can más que la de un ser humano, centrado en el sexo y el placer de su compañera. Al cabo de unos minutos, ella le agarró del pelo y dijo.

-Me voy a correr… —anunció, y esta vez no hubo forma de detenerla.

El orgasmo la atravesó como un relámpago, su coño contrayéndose violentamente, liberando un chorro caliente que empapó las sábanas y el rostro de él. Ella gritó, pero él estaba allí para atrapar el sonido con su boca, besándola con ferocidad mientras su cuerpo temblaba incontrolablemente.

-Fóllame, por favor, lo deseo… – susurro como una gata en celo.

Cuando por fin se derrumbó sobre la cama, jadeante y sudorosa, él se levantó, desabrochándose el pantalón con movimientos urgentes. Su polla, dura como el acero, saltó libre, goteando pre-semen. Ella, aún recuperándose, extendió una mano temblorosa, buscando, y cuando sus dedos rozaron el eje caliente, lo agarró con ambas manos, apretando con una fuerza que lo hizo gruñir.

—Quiero chupártela —dijo, su voz ronca, sus labios hinchados por los besos y los mordiscos—. Quiero que me folles la boca.

Solnocturno no necesitaba que se lo pidieran dos veces.

Se acercó, guiando su polla hacia esos labios rojos y húmedos, y ella lo recibió con avidez, su lengua lamiendo la punta antes de engullirlo hasta la garganta. Él gruñó, sus manos enredándose en su cabello, guiando sus movimientos mientras ella lo chupaba con una habilidad que lo dejó sin aliento.

—Así, mmmm, oh que boca, que lengua —gruñó—. Así me gusta.

Ella gorgoteó alrededor de su polla, sus ojos vendados brillando con lágrimas de esfuerzo, pero no se detuvo. Sus manos seguían apretando la base de su miembro, masajeando sus bolas con una presión que lo llevaba al borde. Pero él no quería correrse así. No todavía.

Con un movimiento brusco, la sacó de su boca, haciendo que ella jadeara, confundida.

—Túmbate —le ordenó, y ella, sin dudar, obedeció.

Él no perdió tiempo. Se colocó sobre ella, su polla rozando su coño empapado antes de deslizarse hacia arriba, hasta la entrada de esos labios empapados en una macedonia de fluidos. Con un empujón leve pero firme, él la penetró lentamente al principio, pero luego con embestidas profundas y constantes que la hicieron gritar contra el colchón.

—¡Más! —suplicó ella, y él se lo dio.

Cada embestida era más fuerte que la anterior, sus pelotas golpeando contra su coño con un sonido húmedo y obsceno.

—¡Voy a correrme! —gruñó él, y entonces, con un último empujón, se enterró hasta el fondo, liberando su semen dentro de ella en chorros calientes que la llenaron hasta rebosar.

Cuando por fin se separaron, jadeantes y cubiertos de sudor, él alcanzó la venda y la desató con cuidado. Los ojos de ella, brillantes y vidriosos, lo miraron. Solnocturno se quedo anonadado de ver ese color, la luz de aquella mirada acompañado de una sonrisa morbosa pero preciosa.

No hubo necesidad de decir nada, ella se encendió un cigarro y suspiró.

Su mirada lo dijo todo…



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